Adaptación del célebre best-seller de Patrick Süskind. El film, ambientado en la Francia del siglo XVIII, comienza con la inminente ejecución de Jean-Baptiste Grenouille. Se inicia entonces un largo flash-back donde la voz de un narrador (John Hurt en la versión original) nos pone en antecedentes. Jean-Baptiste es un ser excepcional por su asombroso sentido del olfato, que le permite detectar e identificar los olores que desprenden todas las cosas. Tras una vida de penalidades –nació bajo el tenderete de un pescadero–, ingresa en el mundo de la confección de perfumes. Pero anda tras la idea de atrapar el olor que le parece más extraordinario de todos: el de las mujeres. Y con tal propósito se convierte en un asesino de féminas, de las que pretende extraer sus esencias olorosas.La trama suena a disparatada, y es disparatada. La excusa de que estamos ante un cuento o parábola no parece válida, y comparar los olores con el alma, pues vaya, que no cuela. El mérito de Tom Tykwer –y antes de Süskind, se supone– es vestir su “desnudez”. Así que, un poquito de alimentar el morbo por aquí, otro despliegue apabullante de producción por acá, un algo más de cinismo y humorada negra con la muerte accidental de los jefes de Jean-Baptiste más allá, permiten ocultar lo que no deja de ser una película de personajes desalmados, esto es, sin alma. Estamos ante un truculento guiñol con muñecos de trapo, donde sólo la aceptación ciega de la premisa argumental permite entregarse al juego del suspense, cuántas mujeres matará este hombre antes de que le detengan, y si el balance incluirá a la más guapa. En cuanto a lo que ocurre una vez termina el flash-back… sin comentarios. Es de imaginar que conviene no desvelar la sorpresa. Pues sólo lo aparatoso y obsceno de ésta tapa (es un decir), y no del todo, lo ridículo de la misma.
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